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        Brad se encontraba en la planta ochenta y siete esperando a que las puertas del ascensor se abrieran. Había sido uno de esos días en los que aborrecía su trabajo. El  estar una semana de baja le había premiado  con un par de torres en forma de expedientes esperándole sobre la mesa. Al entrar  esa mañana en la oficina, según caminaba, iba dejando atrás una veintena de mesas que le daban los buenos días. Brad sacudió con indiferencia la manga de su Emidio Tucci como si  reposase sobre ella, una caspa imposible de desprenderse de su pelo engominado para evitar contestar. A través del cristal del despacho, pudo ver la pila de documentos con cierta inclinación hacia el exterior de la mesa. Sus hombros se vinieron abajo. Cerró  los ojos el mismo tiempo en que tardó en soltar un bufido contenido. Pero el día había pasado. Se le había hecho interminable, pero en cuanto llegase a su apartamento,  se prepararía un whisky doble con hielo y se iría directamente a la cama.

        Las puertas del ascensor se abrieron y Brad agradeció que se encontrase vacío. No soportaba el tener que aguantar charlas estúpidas ni el tener que oler cualquier perfume que no fuese el suyo. Se adentró en la cabina mientras las puertas se cerraban detrás de él. Puso el dedo sobre el botón que llevaba al parking  y se miró al espejo.  Ajustándose la corbata, echó un último vistazo al perfecto peinado que le había aguantado durante todo el día.  El ascensor descendía. Sacó el móvil del bolsillo interior de su chaqueta y no tardó ni dos segundos en volverlo a guardar, al acordándose,  que el interior de la cabina no tenía cobertura.  

    Brad sintió un pequeño traqueteo que le hizo desestabilizarse  llevando una mano a la barandilla y la otra al lado izquierdo de su pecho. El único ocupante del habitáculo quedó en alerta. El ascensor siguió bajando como si nada hubiese ocurrido. Clavó  la mirada en la pantalla digital viendo como mostraba el número sesenta y uno. Volvió a extraer el móvil y comprobó la cobertura. Nada. Alzó el aparato y recorrió con él las distintas partes de la cabina buscando una mísera señal. «Me cago en la puta». Soltó sin más. Las luces del techo comenzaron a parpadear y Brad dejó escapar el móvil que terminó en el suelo. Dispuesto a recuperarlo, el empresario se agachó en el momento justo en el que la cabina se detuvo en seco. Su cuerpo acabó en un rincón con los brazos extendidos y las palmas de sus manos adheridas a la pared metálica. Comenzó a respirar acelerado. Asustado, ordenó a su cerebro que se pusiese en pie e intentase meter los dedos por la ranura de la puerta. Sus yemas resbalaban por la superficie. Volvió a unirlas de nuevo haciendo más presión, pero volvían a deslizarse sin conseguir su objetivo. Optó por golpear el metal de la que debería haber sido su salida pidiendo auxilio. Paraba unos instantes para comprobar si alguien le había oído, pegando la oreja al gélido metal, pero no escuchaba respuesta alguna a su petición desesperada. Abatido dejó caer su cuerpo hasta toparse con el suelo engomado para recuperar el aliento.

        El sonido de uno de los cables que sostenían la cabina provocó que  Brad abriera los ojos de par en par mientras miraba hacía el techo. Rápidamente se puso de nuevo en pie e intentó alcanzar la pantalla que aun parpadeaba. Ancló la suela de sus zapatos de marca en el estrecho zócalo y estiró los brazos. Levantó el metacrilato unos centímetros pudiendo extraerla sin dificultad,  dejando al descubierto, una placa metálica atornillada. Mirándola durante unos segundos, descartó la posibilidad de buscar en sus bolsillos una moneda que le sirviese para desatornillarla; siempre usaba tarjeta de crédito.  

       Otro cable se desprendió haciendo que la cabina se inclinase levemente. Brad volvió a golpear la puerta con más ímpetu que la última vez. Empezó a advertir como las palmas de las manos le ardían  y sentía bajar el sudor por su frente. Su garganta comenzaba a pronunciar palabras roncas que iban perdiendo  la fuerza que tenían  hacía  unos instantes. Ignoraba cuantos cables necesitaba la cabina para que aguantase  el peso. El sonido de varios de ellos hizo  presencia en los oídos de Brad, dejando que el ascensor cayera al vacío.

 

 

      Brad abrió los ojos lentamente. En su campo de visión, borroso, solo distinguía un color anaranjado. Sentía como lo zarandeaba una voz lejana.

      —¡Comienza a reaccionar! —gritó el chico del servicio de emergencias al compañero—. Señor, ¿Se encuentra bien?

       —¿Qué ha ocurrido? —Consiguió preguntar Brad mientras intentaba incorporarse.

      —El ascensor se detuvo en la planta sesenta y uno. Están averiguando el motivo. La empresa de vigilancia del edificio se percató de lo sucedido y llamó inmediatamente al servicio de emergencia. Fue solo un instante, señor. El guardia de seguridad asegura que no le perdió de vista a través de la cámara de vigilancia  que dispone el interior de la cabina. Afirma que observó cómo entró en un estado de pánico que le provocó desmayarse.

    —El… el ascensor caía —dijo el ejecutivo comenzando a recordar.

       —No, señor. Solo permaneció parado unos minutos.

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