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—¿Crees que por largarte solo a un lugar alejado de la civilización, sin móvil y sin Internet, conseguirás tener lista la novela? Estúpido. Dispones de un mes para plasmar la palabra “FIN” en la última página.

—¡Calla! ¡Cállate de una vez y lárgate! ¡Necesito concentrarme!

—Pero que iluso eres. Piensas que el éxito que conseguiste con la anterior novela se va… ¿De verdad crees que ocurrirá lo mismo? Me das pena.

—¡Que te calles de una vez!

—Sabes perfectamente que no tienes ni idea de escribir, por no decir que careces de imaginación.  Robert sí que era un verdadero escritor.  Todo lo que escribía triunfaba.

—¡Vete! ¡Lárgate y no vuelvas más! ¡Ni siquiera sabes de lo que estás hablando! En un solo año he vendido más ejemplares que Robert.

—¿Y crees que volverá a suceder? Piensa Mike, piensa. La historia era de Robert. Tú se la robaste. Dime. ¿Cuántos libros has vendido con tus trabajos? ¿Uno? ¿Dos? ¡Ah, no! Pero si no has vendido ninguno.

            Una siniestra risa inundó la cabaña donde Mike se había refugiado.

—¡Jódete! ¡Jódete y lárgate!

—El que va a joderse eres tú. Ni siquiera cuentas con una historia y el tiempo corre, Mike. Tic tac, tic tac. No deberías haberte deshecho de Robert, Mike. Sin él volverás a ser nadie.

—¡Robert se ha ido! ¡¿Es que no lo entiendes?!

—No se ha ido, Mike. Tú has acabado con él.

—¡No! ¡Se ha ido! ¡Me ha dejado! ¡No volverá jamás!

--Puede volver si lo llamas, Mike. Sabes perfectamente que lo necesitas. Hazlo venir, Mike. Haz venir a Robert. Tic tac, Mike. Tic tac.

—¡Fuera!

—Tic tac, tic tac.

--¡Déjame en paz! ¡No puedo soportarlo más! ¡Sal de mi cabeza!

—Tic tac…

                                               ***

            Un mes después…

—¿Me aseguran no haber tocado nada? —preguntó una vez más el comisario a una de las chicas de la limpieza.

—Ya se lo hemos dicho, señor. No hemos tocado nada. Nuestro jefe nos llamó para que nos hiciésemos cargo de la limpieza. El huésped  debía haber abandonado la cabaña. Nada más abrir la puerta nos lo encontramos con el putrefacto olor y el cuerpo de ese hombre ahorcado.

—¡Jefe!  —llamó la atención otro de los agentes que se encontraba frente a un escritorio, viendo como su superior acudía a su llamada—. Parece que escribía una novela.

            El comisario cogió entre sus manos el manuscrito. En la primera página podía leerse en letras grandes lo que dio por hecho sería el título de la obra: “Personalidad múltiple”. Fue pasando las páginas hasta llegar a la última, donde otras letras empresas en negrita llamaron su atención.

                                       FIN   por Robert Sullivan.

—Agente. ¿Cómo se llamaba el suicida?

—Robert Sullivan, señor.

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